jueves, 13 de enero de 2011

Los jazmines de Don Roque


Haciendo catarsis frente al espejo iba soltando miles de palabras. Al pasar el aire que nos separaba se sintió muy espeso. Era como si no me notara, como si jamás hubiese notado mi existencia. Deberá estar enojada, supuse. Siguió caminando hacia la cocina, yo me alejé de sus pasos por un momento, no quería generar problemas. El reloj agitaba sus manecillas incansablemente y desde las nueve que no me encontraba con su presencia. Supuse que estaría durmiendo sentada, como muchas otras tantas veces ocurría. Yo seguía en la habitación y la soledad ya me empezaba a inquietar. Decidí probar con llamarle, pero mi cansancio me obligó a realizar otra acción. Fue entonces cuando despegué uno de mis ojos y vislumbré el sol que se colaba por la ventana, raramente la brisa no era cálida esa mañana. Despistado por la hora en que me encontraba, estiré el brazo con esfuerzo y alcance el pequeño reloj de pie que habíamos comprado las vacaciones pasadas. Las diez era la sentencia. El sueño sin dudas había sido reparador, pero yo seguía sintiendo la soledad de la noche anterior. Me levanto entonces de la cama y llegó a escuchar la televisión. Pasó la noche en la cocina, pensé, pero todavía no sabía porque razón. En realidad no me animaba a cuestionar ese tipo de decisiones, porque de vez en cuando ella se alejaba buscando un espacio propio frente a problemas que no se animaba a desembolsar. Era una especie de terapia, de autoayuda, pero no de las que se encuentran en el libro de Bucay, sino las verdaderas, las que lleva en su interior. Ella sabe muy bien que para todas sus preguntas encontrará la respuesta en sí, y para ello esa catarsis del día anterior. Yo consideraba a ese mecanismo como una  hábil muestra de superación, que aún no me había animado a enfrentar. La admiraba, sin dudas. Admiraba la manera en que disfrutaba la vida, y ese constante arraigo por el bien social. Me enternecía con sus momentos de sensibilidad y con sus fortalezas que escondían a ese sentir. Conmigo no sabía mentir. Buscaba trajes en el armario, y yo comprendía ese tipo de contención que aplicaba frente al otro. Era su manera de protegerse. Es su manera de protegerse. Nunca buscaba en el derrocheo ajeno, sabía como burlar las trampas que la burocracia empedernida ponía en el camino. Y no se quejaba, jamás la escuché quejarse, sino que la escuché actuar. Todavía recuerdo cuando nos conocimos. Yo vestía de gris y ella de negro, resaltábamos frente al resto. Volaban sus papeles con el viento, uno estalló directo en mi cara. Que agradable golpe pensé segundos después. Desde entonces nunca nos separamos, sólo estos momentos de catarsis donde ella suele encontrar el tiempo necesario para pensar. Pensar para sí y para los demás. Como aquella mañana de abril que la encontré durmiendo en el patio. Amaba las estrellas, aún  las ama, sólo que hace bastante que no sale a contemplarlas. Últimamente un asunto la mantiene muy ocupada y sabe que es preciso ceder ciertas actividades en pos de la felicidad de muchos. Siempre busco la felicidad, creo que construye la propia al ver satisfecha la de los demás. Amo compartir las tardes de otoño haciendo rugir las hojas secas de los árboles del barrio, en búsqueda de algún café caliente. Calles grises que no pierden su encanto, siempre encontraba esa melodía en el viento. Los escapes nocturnos al cine, y los amaneceres de primavera. Ya parece que compartimos toda una vida juntos, sin embargo no hace tanto que nos conocemos. Ayer recorría sus páginas del cuaderno rojo que guarda con delicadeza en el último cajón de la cómoda y que despliega con ímpetu cuando las frases en su cabeza asoman. Es curioso, no sé porque se me vienen todos estos recuerdos a la mente, es como si la extrañara desde hace demasiado tiempo. Sin embargo sólo hace una noche que la vi por última vez. Me retuerzo de tanto sueño acumulado y salí de un salto a extirparme la pereza con agua fría. El televisor seguía sonando desde la cocina. Pensé en escaparme por la ventana del dormitorio y caminar los cincuenta metros que me separan de la esquina de la cuadra, allí hasta el kiosco de don Roque. Quería elegir un ramo de jazmines, de esos que tanto le gustan, admira el relucir de su aroma, siempre vibrante y estable en el tiempo. Sin embargo, no estoy para aventuras el día de hoy, ya casi rompo el florero de la habitación. Mejor me cambió y salgo de improviso sin hacer ruido. Espero que no me escuche, pensaba mientras gatillaba la llave frente a la cerradura. Desde la cocina se seguía escuchando el noticiero matutino. Perfecto, pensé, mientras recorría los primeros metros en la libertad del día. Definitivamente era una mañana no muy calida, y el abrigo había quedado sobre la cama. No iba a regresar, eso podría arruinar mis planes para ese domingo gris. Antes del puesto de flores me topé con el diariero que me dejó las noticias recién exprimidas. Se pronosticaba lluvia para la noche y yo que había planeado una salida en bote. Bueno tendré que pensar en otra cosa. Quizás pueda alquilar alguna buena película para ver en casa. De pronto una vecina me distrae de mis pensamientos.
 -¿Cómo anda hoy la pierna?- me preguntó amablemente mientras paseaba a su mascota nueva. Bien le respondí, sin entender demasiado a qué se refería, nunca había tenido ningún problema en mis piernas y tampoco pensaba tenerlos. Seguí mi paso apresurado hasta la esquina, pero me detuvo otro obstáculo antes de mi objetivo. Una vieja amiga de la secundaria que hacia tiempo que no veía. Sorprendido la saludo y me dice que deje la cortesía de lado que por un día de rabia no se iba a enojar. Seguía sin comprender, supongo que aún estaba medio dormido y continué mi camino debido al escape abrupto de mi compañera de charla. El colectivo pasaba cada treinta minutos, cualquier escape de ese tipo es totalmente comprensible. Seguía atónito aún, pero con el andar firme hacia los jazmines. Ya en la esquina me dispongo a encargar un ramo grande como de costumbre, a lo cual Roque responde con cara de asombro. Sí, son para ella, contesté a aquella pregunta no formulada, pero que seguramente el florista se estaba proyectando en su mente. Sin más, estaba cansado de sorpresas, así que salí con paso rápido de nuevo hasta la mitad de cuadra. Habíamos elegido esa casa en el barrio porque era una calle donde los árboles se encontraban, lo cual generaba un aspecto literario. Ella amaba eso. El sol volcando sus rayos entre las ramas, verdaderamente épico. Llego a la casa y curiosamente la puerta se encontraba abierta, por un momento pensé que había descubierto mi huída y me había seguido como en esos relatos de espías. Sin embargo no estaba allí, seguirá en la cocina murmuré. Al entrar sentí una brisa gélida, como cuando eran las diez. Sin embargo ahora todas las ventanas estaban cerradas. El frío no impidió mi caminar sigiloso hacia ella. Casi tropiezo con la alfombra al entrar y me sorprendo porque la luz no estaba encendida. Abro las cortinas y descubro el horror frente a mí. Y entonces comienzo a recordar. Los recortes de diarios se esparcían por la mesa y por mi mente, como escenas ampliamente recientes. Sin embargo había pasado un año. Dirigí mi mirada hacia mi pierna y comprendí, nada era como antes, nada era como entonces. Todos esos recuerdos se establecían en mí como un cuento de terror con final incierto. No quería creer lo que mis pupilas avistaban, pero sabía en ese momento que era la única realidad. La verdadera realidad. Mis pensamientos me habían jugado una mala pasada esa mañana, sin embargo yo la vi frente al espejo. Ella estaba ahí como tantas otras veces. Así lo sentí. Su presencia colmaba el ambiente y hasta me pareció escuchar su voz detrás de la pared. Y otra vez el aire gélido me inundó. Corrí desconsolado hacia el almanaque, apagué el televisor y me dispuse a terminar con mi cometido, después de todo las flores son para ella hoy.

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